LOS LAPIACES: Cuando el Agua esculpe la Roca

Muchas son las morfologías del relieve que podemos identificar y observar en un sencillo paseo por los Picos de Europa. desde formas erosivas hídricas, como las marmitas de gigante, los modelados glaciokársticos, o los más puramente kársticos por mencionar algunos. En otra entrada hemos explicado el proceso de karstificación, y ahora, vamos a describir de forma más concreta, los lapiaces. Estas formaciones hacen las delicias de muchas de las escaladas más icónicas de Los Picos, como En el Urriellu, en Peña Santa de Castilla, en los contrafuertes de Santa Ana, y muchísimas líneas más. Aprovechando estas trazas como itinerarios naturales de de gran belleza, autoprotección variable, a veces firme y otras dudosa, pero que permiten la progresión en dificultades y exposiciones para todos los gustos.

Los lapiaces son el resultado de un trabajo colaborativo entre el agua, el CO2 y la temperatura:

Como hemos visto, con el ataque químico del agua, cargada con CO₂, lámina a lámina la roca caliza se va desgastando allí donde el agua arrolla sobre ella; una arroyada que inicialmente puede ser difusa, pero que acaba siendo concentrada en aquellas partes más débiles de la superficie de la roca. En estas zonas de debilidad donde el efecto de la disolución se intensifica, da lugar a que aparezcan pequeñas incisiones y acanaladuras en la roca que poco a poco se van haciendo más patentes y visibles. Estamos entonces ante la creación de los lapiaces descubiertos.

CO₂ + H₂O ↔ H₂CO₃ (ácido carbónico)

CO₂ + H₂O + CaCO₃ ↔ Ca²⁺ + 2 HCO₃⁻

Pero este proceso sucede igualmente si la caliza se encuentra cubierta por suelos ya que el agua de lluvia (ya cargado de CO2 atmosférico) al percolar por ese suelo se sigue cargando del CO2 producto fe la actividad de los organismos que en él se encuentran. Ese agua enriquecido en CO2 llega a la roca caliza, soporte del suelo y comienza su trabajo de disolución generando entonces un lapiaz denominado cubierto.

¿Y el papel del otro colaborador: la temperatura? La temperatura influye en la capacidad de disolución del agua cargado con CO2; a menor temperatura una disolución menor, y a medida que la temperatura aumenta, más agresivo el ácido carbónico y mayor capacidad de disolución.

Cuando se acumula nieve, queda atrapado aire y por tanto CO2 (piensa en lo esponjosa que es por ejemplo la nieve en polvo o la nieve primavera); cuando esa nieve se convierte en hielo, se mantiene las burbujas de aire y de CO2, como también se mantendría por ejemplo finos niveles de cenizas volcánicas. Tanto es así que en los estudios climáticos con testigos de sondeos en hielo, se obtiene la variación de CO2 atmosférico en el periodo de tiempo que representa dicho testigo de hielo. Por tanto, en los glaciares, existe CO2 atrapado que sólo se incorpora cuando parte de ese hielo pasa al estado líquido. Entre la roca y el hielo siempre existe una delgada lamina de hielo fundido que actúa como lubricante en el movimiento del hielo. Ese agua de fundido, con su correspondiente CO2 disuelto, ataca químicamente a la caliza, debilitándola y preparándola para el trabajo más importante del glaciar sobre la roca: el trabajo mecánico de la abrasión. que da lugar a las estrías de avance. Estas estrías se conservan relativamente poco tiempo sobre la caliza ya que cuando esta queda expuesta a la intemperie, y a la meteorización externa, la disolución sigue su trabajo llegando a enmascarar esas estrías hasta hacerlas desaparecer.

Anteriormente hemos descrito someramente cómo el agua de lluvia convertida en ácido carbónico por la incorporación de CO2 atmósfetico, iniciaba su acción erosiva de la caliza mientras arrollaba de forma difusa. Es fácil imaginar cómo al arrollar, el agua tiende a concentrarse en zonas de debilidad de la roca (fracturas o diaclasas, fisuras, microfisuras, mayor porosidad diferencial) que resultan más fácilmente meteorizables y alterables por la acción química, iniciando la creación de pequeños surcos que con la persistencia del proceso en el tiempo, se van agrandando en profundidad y anchura pasando a ser acanaladuras bien definidas. Sus bordes pueden ser redondeados o bien aristas muy afiladas. Esto dependerá de la inclinación de la superficie rocosa expuesta; si esa inclinación es subhorizontal, el borde será redondeado ya que el agua circula a poca velocidad, puede formar pequeños meandros, y su dispersión y lentitud provoca que tenga más tiempo para atacar a la roca de una forma más uniforme. Pero si la inclinación es alta, el agua se concentra preferentemente por la zona de máxima pendiente, circulando a mayor velocidad e incidiendo más en el fondo de la acanaladura que en los umbrales que la definen, dejando así bordes más agudos. A veces, podemos encontrar paredes o grandes bloques muy verticales plagados de estos lapiaces profundos y contiguos, formando lo que conocemos como Tubos de Órgano.

Pues bien, el conjunto de todas esas acanaladuras, que pueden estar en diferentes estadios evolutivos, es lo que constituye lo que se conoce como Lapiaz.

Por tanto, podemos entender como el Lapiaz, es la forma primaria elemental del resto de las formas kársticas más complejas que surgen como derivadas de su evolución a lo largo de miles o cientos de miles de años. Un paisaje kárstico se inicia con la formación de un Lapiaz. Pero un Lapiaz no se trata sólo de un conjunto de acanaladuras más o menos definidas. En función de la estructura y disposición de la roca caliza pueden existir pequeños rellanos locales en los que el agua, acidificada por el CO2, se estanque y permanezca ahí durante un tiempo atacando y disolviendo la caliza originando pequeñas oquedades de fondo más o menos plano que forman parte del conjunto de Lapiaz; estas oquedades evolucionan a una forma de micro lago de manera más acentuada si estamos en un ambiente nival ya que la nieve queda allí atrapada y permanece más tiempo con su acción disolvente. Una vez ésta se funde, su trabajo es retomado por el agua de fusión.

Si el karst es un universo de formas, el lapiaz es quizá su manifestación más elemental y a la vez más espectacular. Es la forma primaria del karst: de él derivan con el tiempo las morfologías más complejas. Pero incluso en su sencillez, es un paisaje en miniatura, una maqueta de lo que puede llegar a ser un relieve kárstico completo. Para quienes escalamos, podemos encontrar el terreno de juego en una única línea aislada e impecable, en una combinación de varios canalizos, o incluso un mar de ellos en el que surcarlos, pasando de uno a otro, eligiendo el más divertido itinerario, el de mejor protección, o uno más técnico y estresante… En esta escalada, cuando la dificutad sube, o la exposición aumenta, nosotros trataremos de seguir avanzando por ellos por mucho que nos pongan a prueba sus pinzas, que nos cueste pisar en vertical o que nos entre la moto al mirar para abajo y ver el último seguro dudoso y «en Cuenca»… Respira… ¡Y huye para arriba!

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